viernes, 21 de septiembre de 2012

Transporte público: ahorro y no solo ecología

Cada vez que se ensalzan las bondades del transporte público salen a colación sus virtudes medioambientales, dado que evita el uso del vehículo privado a motor causante del más del 70% de las emisiones de CO2 en los entornos urbanos. Esta justificación, sobre la que se apoyan la gran mayoría de los programas de acción y política de fomento de la movilidad sostenible, es entendible desde la acelerada pérdida de calidad ambiental de nuestras ciudades. Pero no es la única que debe tenerse en cuenta a la hora de promocionar la inversión en medios colectivos de transporte público. En efecto es la economía, tanto la familiar como la de las empresas, donde se debe ahondar aun más a la hora de plantear a la sociedad la necesidad de dar un giro integral a nuestros modos no solo de movilidad sino también de la forma de hacer ciudad. Es en el ahorro que se generaría al prescindir del uso del vehículo privado a motor, en uso exclusivo, donde debemos dirigir las miradas de los ciudadanos de modo que descubran una faceta no menos interesante en esta época de crisis económica. 

En el ámbito familiar de la provincia no es extraño encontrarse hogares que no solo dependen para sus desplazamientos de un vehículo, sino que llegan a necesitar dos coches: tanto para desplazarse a los puestos de trabajo, como para realizar los traslados diarios por separado, como el de la compra o los trayectos a los centros educativos de los hijos. Esta opción de movilidad no es casual como detalla una extensísima bibliografía sobre el papel de la industria automovilística como base de la economía capitalista a partir de mediados del siglo XX. Un modelo productivo, el del consumo y el individualismo como ejes principales, que tuvo su correlato en el desarrollo de un modelo de ciudad extensa y de baja densidad, que buscaba recuperar la idea de la Ciudad jardín, pero a un coste medioambiental y económico elevado para el territorio y para las arcas municipales. 

En estos momentos donde el dinero se está dejando de ingresar en miles de hogares almerienses quizás sea el momento de pensar en ese gasto invisible pero que hace una mella profunda en las cuentas familiares, comola compra y mantenimiento del, o de los, coches particulares. Para ello es necesario que existan alternativas eficientes de transporte para poder prescindir de estos gastos sin que la movilidad no se vea drásticamente reducida. 

Es urgente analizar el ahorro que tendría dejar el coche: financiación, amortización, combustible, reparaciones y seguros y lo que supondría en este contexto de crisis. Más dinero para cuestiones esenciales como la vivienda, la alimentación y la educación. Esta simple lógica económica debe generar un movimiento ciudadano de exigencia, a los responsables políticos, de mejora de los servicios de transporte público. No ya pensando en multimillonarias inversiones en infraestructuras de dudoso retorno social, sino en actuaciones de movilidad inteligentes. 

La ampliación de la flota de autobuses y líneas, remplazando unidades por otras de menores emisiones, la modificación de grandes viales para disponer carriles de uso exclusivo para garantizar la puntualidad de estos servicios.